Tal como se escucha recurrentemente en nuestro país y el mundo, los desastres no son naturales. Al menos, no completamente, habría que aclarar.

Sí, porque un “desastre natural” tiene una componente anclada intrínsecamente en la naturaleza y su evolución dinámica y es producto de la manifestación extrema de un fenómeno natural. Pero sólo deviene en desastre cuando impacta a una comunidad que no está preparada para enfrentarlo y vulnerable a su acción. La magnitud del desastre, que puede ser medida en la cuantía de daños a la infraestructura y en el número de personas afectadas, escala tanto con la magnitud del evento extremo en si mismo como con el grado de vulnerabilidad de la comunidad afectada.

Un mismo fenómeno, por ejemplo una erupción volcánica con una densa caída de cenizas en un área de 50 kms, sólo quedará registrada como una de las muchas capas depositadas sobre el basamento del volcán, una anécdota en su evolución de cientos de miles a millones de años, si es que no existen asentamientos humanos dentro de ese radio, como el caso de la mayoría de los volcanes del norte de Chile. Sin embargo, la misma erupción generará un devastador desastre si ocurre en alguno de los muchos volcanes del sur de nuestro país, en cuyas faldas se localizan pueblos y ciudades, sobre todo si las mismas no están preparadas.

Desde esta perspectiva, es siempre posible reducir la potencial magnitud de un desastre natural futuro.

La reducción del riesgo de desastre, un concepto central que debería ser parte de las políticas públicas de cualquier gobierno en un país tan expuesto como el nuestro a fenómenos naturales de muy distinto tipo, tiene dos aristas factibles de ser abordadas por la autoridad: si bien es imposible impedir manifestaciones extremas ocasionales de los fenómenos naturales, sí es posible cuantificar la frecuencia con la que lo hacen y, eventualmente, monitorear su dinámica anticipando con cierta antelación el momento en que llegan a su clímax. Por otro lado, conociendo los peligros que amenazan una comunidad, la autoridad debería aplicar medidas concretas de mitigación, desde educar a la población y prepararla para enfrentar dichos peligros, hasta modificando la infraestructura y construyendo medidas físicas que disminuyan el impacto del eventual fenómeno.

La naturaleza seguirá manifestándose a través de eventos extremos como lo ha venido haciendo desde miles de millones de años; nosotros, apenas recién allegados en su nido, debemos aceptarlo y reducir los eventuales desastres que ellos generarán construyendo comunidades informadas y protegidas.

Andrés Tassara

Geólogo Universidad de Concepción, Investigador de Estudio Plan de Contingencia frente a multiamenza en el Territorio Nonguén

Ver en el Diario El Sur